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02. Dezember 2011 · www.elcultural.es

Lady Macbeth von Mtzensk

Eva- Maria Westbroek und Hartmut Haenchen im Gespräch über Schostakowitschs Meisterwerk

Hace once años el Teatro Real convocó a Mstislav Rostropóvich para recuperar la primera versión de la partitura de su compatriota y amigo Dimitri Shostakóvich. Mañana Lady Macbeth de Mtsensk vuelve a Madrid en una de las producciones más duras que se recuerdan en Ámsterdam y en París, donde ya se ha estrenado. El director de escena Martin Kušej ha querido ser fiel al sobrecogedor libreto con un montaje cuya grabación en DVD (Opus Arte) advierte al espectador sobre la crudeza de las imágenes. Alrededor de una jaula, escenas de sexo explícito y violencia descarnada se alternan con pasajes de confortable sensualidad y profunda emoción a largo de una ópera que sirve de debut en el Teatro Real al director alemán Hartmut Haenchen y a la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek. Sobre ellos recae todo el peso de una partitura extrema, intensa y radical , llena también de contrastes, que narra el fatal destino de Katerina Ismailova en la Rusia de finales del siglo XIX. Haenchen y Westbroeck desvelan, cara a cara para El Cultural, algunas claves de la ópera que escribió Shostakóvich poco antes de rendirse a los favores del régimen soviético.

-Lady Macbeth de Mtsensk es una lucha contra los elementos. ¿Cómo han planteado su trabajo juntos?
-(Hartmut Haenchen) La clave está en el diálogo. Los músicos y los cantantes saben leer una partitura, pero para abordar una ópera de estas características además hay que saber escuchar. Nuestra colaboración en París nos ha permitido profundizar en el sonido y sacar punta a ciertos detalles del personaje.
-(Eva-Maria Westbroek) Con Katerina Ismailova no puedes bajar nunca la guardia. Cada día, cada ensayo es como un estreno. Requiere toda tu energía y concentración. De alguna manera es como si el personaje te eligiera a ti y no al revés.

Profesionalidad y coraje

-¿Cómo ha sido su primer contacto en los ensayos con la Sinfónica de Madrid?
-(HH) Me ha sorprendido mucho la actitud de la orquesta y del coro. Y no me refiero sólo a su profesionalidad, también a su coraje. Lady Macbeth es una partitura de gran tonelaje que hay que levantar entre todos, con disciplina, por supuesto, pero sobre todo con valentía. Es la ópera con más decibelios de todo el catálogo. Al lado de este Shostakóvich de 24 años las óperas de Wagner y Strauss suenan a música de cámara. Por eso hay que cuidar mucho a los cantantes.
-(EMW) La orquesta es mi anclaje. Tan pronto estoy gritando coléricamente como susurrando algo en pianissimo. En el escenario hay barro, nieve, agua. Me mojo, grito, repto... Después de la actuación casi no puedo hablar, me quedo un rato en estado de shock. Me dejo la piel en el escenario y necesito un tiempo para volver a la vida real. Nuestro debut mañana será un auténtico intercambio de adrenalina...

-Shostakóvich convirtió la orquesta en un personaje más de la ópera. ¿Cuál es la relación de la masa instrumental con la protagonista?
- (EMW) La orquesta no la juzga sino que nos ayuda a entender que por encima de los asesinatos y otras atrocidades que comete es una mensajera del amor. La diferencia del libreto con la novela de Nikolái Leskov es que en la ópera Katerina es víctima de ese sentimiento y no de la desidia o el desvarío.
-(HH) Exacto. Por eso su trasfondo es más complejo, tanto a nivel musical como psicológico. Por un lado Shostakóvich plantea una sátira sobre la sociedad machista bajo la tiranía de los zares y, por otro, diseña un drama humano sobre las pasiones, moviéndose entre el expresionismo y el verismo.

-Todo eso queda reflejado en una partitura llena de contrastes. A ratos cinematográfica, a menudo folclórica y con grandes momentos sinfónicos...
-(HH) Es un Shostakóvich en estado de gracia, pletórico y enamorado de Nina Varzar. Juega con todos los elementos que tiene a su alrededor, se rebela contra el sistema. Por eso le censuraron los esbirros de Stalin y tuvo que escribir otra versión. Su anterior ópera, La nariz, parece una acuarela comparada con el inmenso óleo que es Lady Macbeth, donde confluyen todo tipo de melodías.

-En su día se habló de revolución sexual. ¿Qué lectura merece hoy la ópera?
-(EMW) Creo que a pesar de las escenas de sexo explícito y de la violación se trata de una revolución de los sentidos. Shostakóvich no nos habla simplemente de sexo sino que se esfuerza en describir lo que lleva a la gente a actuar de determinada manera. No es aleccionador, ni moralista. Se limita a colocar un espejo delante para que seamos nosotros los que nos miremos.
-(HH) Estoy completamente de acuerdo. La escabrosa y cruenta violación de Aksinya [que, completamente desnuda, es magreada por la muchedumbre] nos remite, en el fondo, a las carencias afectivas de nuestra sociedad.

-¿Y hasta qué punto puede afectar hoy la militancia stalinista de Shostakóvich al efecto final de su música?
-(HH) Espero que nada (Risas). Shostakóvich tenía que salir adelante. No lo justifico, pero soy alemán y sé muy bien de lo que hablo. Es muy fácil hacer las maletas y largarse. Pero Shostakóvich se quedó e hizo lo que pudo. La prueba de que nunca perdió su identidad es el final de su Quinta sinfonía. El compositor estaba diciendo sigo siendo yo...

Ni sofisticación ni artimañas

-¿Qué diferencia a Katerina de otras femme fatales, como Salomé o Lulú?
-(EMW) No tienen nada que ver. Salomé es una niña enajenada de 15 años y Lulú, una fulana. Katerina es una mujer sencilla, rural. No hay sofisticación ni artimañas. En el fondo es una ingenua.
-Las divas fueron las primeras reinas de la ópera, luego los maestros y ahora se habla de los “dictadores” de escena. ¿Cuánto hay de verdad y de mito?
-(HH) Nunca he tenido una mala experiencia porque he sido muy previsor y consecuente. Antes de embarcarme en cualquier proyecto me cito con con el director de escena para mostrarle sobre el terreno mis prioridades musicales, lo que exige la partitura de acuerdo a la acústica y a las posibilidades del teatro. Si nos entendemos, firmo.
-(EMW) La ópera es un trabajo colaborativo. Del mismo modo que no puedes imponer tus ideas tampoco puedes esperar la perfección.